Cheo y su peo 2 (Muchacho, quitate esa franela roja)
Desde muchacho la vida se ha encargado de atravesarme el color rojo por todos lados. El uniforme que usé en Pre-escolar tenia franela roja, el primer equipo de fútbol en el que jugué llevaba franela roja, el de la sección de al lado era azul, pero a mi me tocó jugar con los Picapiedra (el rojo). Mientras transcurrían los años de primaria el profe de educación física trataba de mantenerte en el equipo rojo para que no tuvieras la obligación de comprar otra franela hasta 6to grado, bien considerado el profesor Osorio.
En algún momento me obsesioné con jugar béisbol con los criollitos y Los uniformes de San Luis, Los Felinos y Gran mariscal, tres de los equipos donde vi pasar mi niñez y aprendí cosas que no se aprenden en los colegios, tenían el uniforme Rojo rojito.
Fui bendecido con una familia con un lado espiritual bien cálido y venezolano, por lo que siempre tuve escapularios rojos como amuleto para “espantar” el mal de ojo.
A la mitad de mi adolescencia llegó mi primer encuentro con la música y la guitarra eléctrica de cumpleaños no tardó en llegar de parte de unos padres que apoyaron cuanta locura se me ocurrió. No voy a redundar diciendo el color de mi 1era guitarra.
Entré a la escuela de comunicación de la UCAB y fue allí que me obsesioné con el valor semiológico del color que tanto me gustaba. Todas sus connotaciones sexuales, de poder, de fuerza, calor, vitalidad y penetración quedaron tatuadas en mi mente y eran aplicadas cada vez que tenía que escoger un color para algo.
Hace un par de meses, después de un show en Maracaibo, terminé desarmando el mini bar del hotel con Andrés Manner y, entrados en filosofía barata, me confesó que lo más difícil de volver a vivir en Venezuela había sido, no poder usar nada rojo para vestirse…no me jodas!!!! – Le dije.
Hace más de 5 años entré por Maiquetía con una franela del chapulín colorado, la amable persona que me atendió en inmigración me hizo varias preguntas, la última fue que si yo era parte del proceso; no lo se..le respondí, entonces ignorante del significado de dicha pregunta. La persona que me fue a buscar en el aeropuerto no tardó en decir que la pregunta fue suscitada por el color de mi franela del chapulín.
Mis padres no me perdonaban a la hora de bromear cada vez que me veían con algo de color rojo: que si me iba a reunir con Mario Silva, que si me iba a echar unos güisquis con Jorge Rodríguez o iba a cantar en Aló Presidente, jejeje…el chalequeo es una forma verbal que se usa muchísimo en mi familia.
Los Amigos Invisibles hemos tratado de mantenernos al margen de la política como banda en honor al respeto que sentimos hacia la opinión de todos los que escuchan nuestra música; sin embargo, no han faltado un par de periodistas que han acotado la simpatía que, en teoría, transmito por las políticas de nuestro gobierno, gracias al atuendo de color rojo que “solía” vestir los días de show como ritual de buena suerte (el mal de ojo y tal).
Sin embargo, no fue hasta una tarde que decidí trotar por el cafetal que entendí cuán lejos estaría de volver a vestir algo rojo. Alguien me regalo una franela roja de un material especial minimiza el sudor, con el calor caraqueño me pareció buena idea usarla, mis padres insistieron en que no era una buena idea, yo no les hice caso.
En medio de mi carrera, un carro de modelo reciente pasó por mi lado y me grito algo que no pude escuchar bien por el volumen de mis audífonos; sin embargo, pude notar como el carro daba la vuelta en la redoma de Santa Paula para volver hacía donde yo estaba, baje el volumen y paré de correr, volteando a los lados pillando el monte para el cual iba a correr; para nadie en este país es extraña la escalofriante sensación que te invade cuando un carro desconocido se acerca hacia ti.
El auto bajó la velocidad, alguien se salió por la ventana del co-piloto y gritó: Coje Chavista de mierda!! Mientras lanzaba una botella vacía de cerveza, menos mal que borracho no tiene buena puntería. Mi corazón latió con fuerza hasta que llegue a casa a repetir la historia a mi familia.
Hasta ahí llegaron mis franelas rojas.